Soy de esos comensales a la antigua

Por Rodrigo De La Cadena

#PeligroSóloBohemios (La Prensa, OEM, Domingo 22 de Julio 2018).


Miro a la gente pasar desde los ventanales de la terraza de la pérgola del viejo restaurante “Raffaello” en las calles de Londres en la zona rosa, la misma de los años dorados del renacimiento intelectual de la segunda mitad del siglo XX. Estar aquí es entremezclar el bullicio y paisaje urbano de la diversidad sociocultural de nuestros días con las memorias de una historia que se aferra a permanecer en quienes vivimos porfiados a las nostalgias del México glamoroso y dorado que -salve al Mago Septién- se va, se va...

Mientras, frente a mi mesa vestida con impecable mantelería, el viejo camarero de antigua escuela hostelera prepara arados a la mesa al más puro estilo de servicio de gueridón, pareciera que veo pasar caminando a Jose Luis Cuevas, Alex Cardini, Monsiváis, Agustín Barrios Gómez, Pedro Armendáriz o El Chato Parada, a quienes, cual fantasmas del pasado, escucho murmurar en una conspiración de añoranzas.

Y es que, sin ir muy lejos, poco a poco se fueron extinguiendo estos santuarios del servicio a la mesa, la gastronomía internacional, las reuniones de exquisita charla y el encuentro con las personalidades. El paso inexorable del tiempo arrasa con las costumbres y los salones de té, café-cantantes, cuevas y guaridas de la generación de nuestros ascendentes.

Fue gracias a mis padres, cómplices eternos de mis aventuras, saudades prematuras y sueños anacrónicos, que desde niño tuve oportunidad de, azorado, ocupar un sitial de honor en los asientos de estos pintorescos lugares llenos de historia en cada uno de sus europeizados rincones, vibrando con la suntuosa decoración y exquisito ambiente del “Cícero Centenario”, en donde su maitre, Antonio Bejos, lo mismo preparaba con asombrosa destreza exquisitos platillos al fuego que, con extrema delicadeza, curaba el puro con cognac para deleite de los fumadores de habanos.

Tuve, desde niño, el privilegio de disfrutar los últimos años de vida de sitios de tradición como “La calesa de Londres”, un elegantísimo restaurante de postín que ofrecía excelentes cortes y una variadísima cava de vinos. Conocí también una parada obligada en la ruta de la nostalgia en “El Chalet Suizo” de Niza, un sitio que invitaba a la seducción desde su fachada hasta las tertulias de bel canto y música lírica con los grandes tenores de antaño. Cómo olvidar el infaltable caldo de Médula de los bohemios trasnochadores en el “Noche y Día”; el hechizo y encanto de estos antiguos establecimientos se traducía, por ejemplo, en la magia de una pequeña y colorida plazuela que, junto con los más variados platillos de la gastronomía, exhibía orgulloso el recordado restaurant-bar “Focolare”. Mención aparte merecen las delicias mexicanas de la fonda “El Refugio” o el ambiente irremplazable de la pulquería “Las glorias de Baco”, a unos pasos de la plaza del ángel, en donde se va a lidiar con piratas que saben el precio de todo y el valor de nada.

Así es, querido lector, como con una escondida languidez en la mirada, Palemón Rivera, gerente y discípulo del viejo “Raffaello”, me ayuda a recordar -a manera de pompas fúnebres- nombres de extintos sitios como “Del Mónico’s”, “Salón de té Auseba”, “Café Carmel”, “El Perro andaluz”, “La Pérgola”, “Konditori”, “Yupies”, “El Pasaje de Toulousse Lautrec”, “La Carreta Rosa”, “La Marinera”, “Cantamar”, “La Trucha Vagabunda”, “1 2 3”, “El Parador de José Luis”, “Alfredo’s”, “Anderson & Clayton”, “Champs Élysées” y un largo etcétera que hoy sólo vive en la memoria de una generación cercana a la recreativa evocación citadina.

También, gracias a mis viejos grandes amigos como Roberto Pérez Vázquez, he obtenido descripciones apasionantes de sitios de lujo y distinguida concurrencia, tales como “Villafontana”, en donde mi amigo convirtió en leyenda el mito de la memoria de su extraordinario y virtuoso ensamble de “violines mágicos”. Así también, disfruto con curiosa imaginería las memorias de Irma Carlón, al hacerme detallados retratos hablados del 1900, en donde Vicente Garrido y su “clan” integrado por Jose Luis Caballero y la propia Irma, cada noche perpetraba las galas del filin que descifraba el “bolero moderno” emanado del piano etéreo del compositor de “No me platiques más”.

Con sus elegantes prados cercados de herrería, rodeada de esculturas en un interminable corredor de arte, sus calles adoquinadas, sus farolas afrancesadas y las pocas casas que alguna vez pertenecieron a las familias más prominentes (los Balsa (Reforma), los Dubín (Génova), los Garza (Londres), los Ibargüen Bueno (Niza), los Guajardo (Hamburgo), los De la Lama (Havre)), la zona rosa hoy vive el ultraje ante la evidente indiferencia con el compromiso civil de la conservación del patrimonio. Algunos culpan al metro insurgentes que desde 1969, cambió el rumbo de la antigua colonia Juárez.

Lo cierto es que de lo que alguna vez fueron grandes boutiques, exclusivos restaurantes, emblemáticas galerías de arte, casas de moda, centros nocturnos y cabarés de lujo, hoy nos queda un reducto de sexhops, antros, giros negros, fondas, ambulantes y locales ordinariamente chabacanos, pero yo soy de esos comensales a la antigua y me seguiré afianzando obstinadamente a concurrir los tan pocos sitios que sobreviven hasta nuestros días en las tradiciones propias del “bon-vivant” a manera de bastión del estoicismo.

Quisiera hacer mi acostumbrada lista de diez, pero lamentablemente sólo quedan cinco. Aquí enlisto los últimos viejos restaurantes de tradición culinaria sobrevivientes de la zona rosa, mismos a donde puede usted ir y orgulloso pedir un “negroni” o un “mint julep” y acompañar su “Ossobuco” o “Chateaubriand” de alguna recomendación del somelier de casa.


1. Raffaello (Italiana) 2. Bellinghausen (Mexicana, internacional) 3. Casa Bell (Mexicana, internacional) 4. La Lanterna (Italiana) 5. Luaú (Oriental)


Un sólo favor más, querido y arriesgado bohemio lector, sepa usted muy bien que nada me reconforta más que recibir su comunicación y comentarios, esos que enriquecen la vida y acervo sensitivo de uno. Por eso escríbame, no lo dude; yo siempre contesto: rodrigodelacadena@yahoo.com


¡Ni una línea más!


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