Adiós al Bar Prim, la Catedral de la Bohemia.

Adiós a la catedral de la bohemia…


Ni los señores Domínguez, propietarios originales del Hotel Prim, imaginaron que el bar iba a generarles el sustento mayoritario a su nobel empresa en cuanto a ingresos, fama y reconocimiento de la gran cantidad de clientes que abarrotaban el Bar Prim de lunes a sábado; en donde se le rendía culto al bolero y a la música romántica de la época dorada de México y el mundo.


Inaugurado un 1º de agosto de 1980, ubicado en la esquina de Versalles y General Prim en el corazón de la porfiriana colonia Juárez, el Bar Prim vino a significar para la vida nocturna metropolitana, el refugio de artistas característicos de la época dorada, músicos, políticos, personajes y bohemios (artistas clandestinos anónimos).

Al fin… bohemia; palabra que envuelve una cu0ººltura entorno al amor, la poesía, el glamour, el placer, el buen vino y la catarsis: la necesidad de expresar, a través de la música y el arte, los sentimientos de toda una sociedad de sensible factura.


Dado el auge de la vida nocturna de la ciudad de México, que tuvo sus orígenes en los años treinta y ante la creciente fama y popularidad de géneros como el danzón y el bolero, nuestra ciudad presenció el nacimiento de lugares y sitios de culto a la noche misma, al entretenimiento, a la industria del espectáculo y la música con la creación de lugares y conceptos que hoy siguen siendo punto de referencia de la época dorada de nuestra música e historia de la vida nacional.


Hablar del florecimiento de la vida nocturna en la ciudad es remontarnos a lugares como: Salón México, El Patio, el Riviera, Maxim´s, el Ciro´s del hotel Reforma, el Capri del hotel Regis, Bamerette del hotel Bamer, Chip´s, el Chato´s del Chato Parada, el Señorial, Marraquesh, Can Can, El Zafiro (en la entonces vanguardista zona rosa), el Manolo´s, el Bar Montenegro, las noches del fiesta Palace, Los Globos, El Forum, Terraza Casino, La Fuente, 1900, El Premier, El diplomático o la inolvidable cueva de Amparo Montes.


Ante el ocaso de la vida nocturna por diversas circunstancias como las entonces duras decisiones del regente Uruchurtu, la llegada del rock, las modas y tendencias de la época del disco o el temblor de 1985, poco a poco se fue extinguiendo la llama del glamour en la ciudad y los “antros” fueron desplazando los bares y centros nocturnos.


Pero había un lugar que se resistía a morir, no obstante la reciente tragedia del temblor de aquel 19 de septiembre y después de que el famoso hotel Versalles y su concurrido bar quedarán reducidos a escombros, el gerente de éste, el joven Zeferino Ramírez, quien contaba ya con una amplia experiencia en la administración y operación de bares y centros nocturnos, decide proponerle al señor Domínguez, dueño del hotel Prim, reacondicionar el bar del hotel, proyectándolo a lo que en poco tiempo se convertiría en la catedral de la bohemia en México.


Anunciándose como el mejor Piano-show de la ciudad, Bar Prim se transformó en el refugio musical de la nostalgia: Jorge Macías, Federico Baena, Magda de León, Delia Ortiz, Tony Espino, Cuco Dávila, Ernesto Cortázar, Salvador García, Freddy Noriega, Teté Cuevas, Tere Cisneros, Tony Escudero, Moisés Canelo, Yolanda y su trío perla negra, Chalo Cervera, Los Impala, Lena y Lola, Ana Libia, Marilú, Patrizio o Carmela y Rafael pronto se convirtieron en pobladores y habitantes de este mágico lugar de nostalgias y, a su vez, se volvieron padrinos de una nueva generación de estrellas que nacieron artísticamente en la esquina más romántica de México: Carlos Cuevas, Polly, Lluvia Rey, Luz y Sombra, Trío Avi-Rey, El trío Danubio, Los Bribones (2ª generación) y quien esta historia les cuenta….


Pero este lugar, como todo lugar de tradición, lo conformaron y estructuraron también sus propios bohemios, clientes asiduos, músicos de casa y personal que significó el alma de este maravilloso recinto de romanticismo. Hoy quiero rendir también homenaje a tantas figuras y personajes que hoy, desde el cielo, aplauden y despiden nuestro refugio.


Esta semana, se cierra un ciclo de gratos sabores, de inolvidables fragancias, de romances, de citas, de entrañables amigos, reuniones, fiestas y aniversarios; de una familia bohemia que se escapaba de su soledad y se reencontraba sin invitación alguna más que las puertas abiertas de par en par de un lugar que, más que un bar o un centro de espectáculos, era una fraternidad, la hermandad viva de esos seres que nos auto coronamos “bohemios”.


Mis inicios en El PRIM


Inquieto desde niño, viviendo una falsa nostalgia en un cuerpo que no correspondía a los intereses personales y gustos de un niño de mi edad (13 o 14 años en aquel entonces), de la mano de mi padre, en plena búsqueda de los vestigios de la vida nocturna de México, dudoso si seguía existiendo o no, mi adorado padre me trajo a conocer este lugar, el cual le presentó alguna vez, mi tío Roberto Gomés, uno de los muy raros casos de locura y bohemia escondida en mi familia.


Mi papá me dijo:


  • Tenía años de no venir a este viejo lugar; nunca me imaginé que siguiera existiendo. A tu tío Roberto le encantaba venir a la bohemia y tocar el piano. Alguna vez me trajo; por cierto, sigue igualito. ¡Justo lo que querías ver!


Nos sentamos en una de las cómodas sillas desocupadas (como la gran mayoría), al lado del piano; éste, era pulsado, a su vez, por un hombre de elegante vestimenta, impecablemente bien peinado, a la antigua usanza, con brillantina, de unos 70 años, interpretando al piano un popurrí de canciones del cine de Hollywood, allí estaba: era Cuco Dávila. Aún lo recuerdo como si estuviera ahí, entre el choque de algunas copas de atentos bohemios y el humo de los cigarrillos, los acordes del tema del apartamento y de Casablanca, se mezclaban en la inspiración de esa mágica noche.


Pasado un rato, y después de algunas interpretaciones de boleros antiguos en las voces de los parroquianos Benito, David, Alfredo, Benjamín y Luchita, el maestro Dávila se despidió anticipando el comienzo del show estelar de aquella noche. Acto seguido, el Grupo Prim, tocó la rúbrica de la noche y una mujer se apareció en la escena; ataviada con un viejo y elegante vestido de lentejuelas que remitía a las épocas doradas del cabaret, comenzó a cantar “Casita blanca” de Agustín Lara. Su nombre: Ana Libia. Después, el escenario se vistió de lujo con la presencia de Tony Espino y Delia Ortiz, quienes interpretaron bellas canciones de Federico Baena o Wello Rivas. Parecía que yo me reencontraba con una vida pasada. Me sentía en mi hábitat natural. Los acordes del piano y las bellas voces que escuché parecían enviarme un mensaje escondido, un mensaje que me anunciaba que había llegado para quedarme.


Después de esta increíble experiencia, al día siguiente yo tenía ganas de contarle a todos mis compañeros del salón de clases en la secundaria mi mágica aventura; sin embargo, dudaba mucho que mis compañeros fueran a comprenderme. Ante los compromisos de trabajo de mi papá y su apretada agenda, pensé en buscar un cómplice para frecuentar el mayor tiempo posible este lugar, ya que yo no podía ir solo por ser menor de edad y fue en mi abuela en donde encontré un secuaz ideal. A partir de entonces pude descubrir más de la historia de este sitio y, a la vez, disfrutar y conocer diferentes figuras de la canción como Jorge Macías, los Galantes, Miguel Ángel Palazuelos, Julieta Bermejo, Chalo Cervera, Juan Bautista, Pepe Jara, Vicky LaVoz del amor y otros artistas que, en estos momentos, se me escapan de la mente.


Nos hicimos amigos de bellísimas seres humanos como hermanos de bohemia: Lupito y Alejandro Camacho, Marco Antonio del Muro, Patrizio, mi admirada Polly, Lena y Lola Jiménez, Juanito Calvillo, el doctor Jairo Campos, Ricardo Tortolero, José Luis Matus, Jorge Sandoval, José María Calleja, Gonzalo Correa, Roberto Pareyón, Benjamín al rato, Cristy García Nava, Tere Piña, Cristy Martínez Gallardo, José Luis Suárez, Betty, Nicky Santini, Raúl Macín…


Mi inquietud por la música y mi siempre constante pasión por cantar y tocar el piano se fueron desarrollando en este lugar y fue el público muy conocedor y exigente de éste, quien se convirtió en mi crítico, consejero y, poco tiempo después, en la audiencia que gustaba de mi trabajo.


Gracias a la confianza de Zeferino, gerente y director artístico, mi primer trabajo formal en este lugar fue supliendo a Cuco Dávila un viernes; por tanto, yo tenía que acompañar al piano a los bohemios las canciones que me pidieran en la tonalidad que indicaran . Una tarea algo inusual para un niño de 14 años; mas, tengo que decir que no me fue difícil, ya que el repertorio cotidiano iba de María Grever a Agustín Lara pasando por Gonzalo Curiel o Gabriel Ruiz. Fue difícil que el respetable creyera en mí, pero bastó la primera canción que me pidieron para que el público se sorprendiera al ver que conocía las canciones, no daban crédito a lo que veían…


Poco tiempo después, comencé a cantar los miércoles, con un espectáculo propio, en donde tenía la libertad de presentar lo que yo quisiera. Fue entonces cuando pensé en una estructura para todos los miércoles de la semana, en donde, en punto de las nueve de la noche, con mi guitarra y el acompañamiento de Marco Antonio del muro en la segunda guitarra , seguido con mi piano y el acompañamiento del bajo y la percusión de Toño González, para al fin cerrar con el Grupo Prim, me propuse el objetivo de presentar cada semana un programa diferente, sin repetir canciones ni temáticas, siempre en homenaje a los compositores del bolero y la música romántica.


Gradualmente, la novedad del niño que cantaba canciones centenarias se fue propagando de boca en boca y mucha gente comenzó a llegar, incluso público nuevo, los miércoles al Prim. Al paso de un año, era sorprendente ver como productores de televisión y radio o periodistas de prensa enviaban gente al Prim para hacer notas y cubrir lo que pasaba en el show del niño viejo. Fue entonces, cuando comenzaron a darse cita algunos amigos míos como Pedro Ferriz Santacruz, Carlos Lico, Jacobo Morett, Saúlo Sedano, Imelda Miller, Enrique Cáceres, Alberto de la Plata, Gualberto Castro, Carlos Cuevas, Pepe Caravelli, Salvador Luna Ibarra, Federico Iván, Lupita Palomera, Alberto Barranco Chavarría, Rogerio Azcárraga, Janett Arceo, Manuel Bartlett… Comenzamos a rendirle homenaje algunas de las figuras vivientes más importantes del bolero y hacíamos reconocimientos a artistas y amigos. Las noches se envolvían de magia en un ambiente con miras al pasado.


Estos son recuerdos de un lugar que ha formado parte crucial de mi vida. El amor que le profeso al Bar Prim, comienza en mis oraciones, casi la mitad de mi vida se queda aquí como testigo de lo que fue mi rincón más querido. El hueco que tiene escondidos un sin número de recuerdos, sueños, esperanzas, muchas canciones; melodías que guardan –celosas- historias que se quedan dormidas.


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Hoy pasamos un trago amargo, pero también nos aventuramos en un sabor nuevo. Aplaudimos un pasado glorioso, pero no dejamos de mirar al frente. Cerraremos para siempre las puertas de un lugar que significa complicidad en el sentimiento individual de los que formamos parte de esta familia. Hoy dejamos que las fibras más sensibles, habitantes de los labios y los abrazos, se pierdan en la indefinición de lo carente de referentes posibles. En este lugar, como Adán ante la manzana, obedecimos los instintos en las frases y melodías que nos hicieron agua la boca. Si existiera el Premio Nobel del amor y el bolero, yo se lo daría a nuestro amado Bar Prim, lugar que es artífice de los sonidos y del deseo.


Hoy, ante la inminente derrota de una batalla que perdemos gran parte de los amantes de la bohemia en México, aprovecho este espacio para declararle mi amor a mi Bar Prim. Me felicito por haber llegado aquí alguna vez; llegué para quedarme. Este lugar es el único que puede destrozarme el corazón por la sencilla razón de que le pertenezco. Declaro que partir del día de mañana que empiece el velorio inminente, la despedida de este lugar y el derrumbe de sus paredes, la música se quedará en esta esquina como testimonio fiel de una historia que no se puede borrar. Vine para no olvidarme que me quiero quedar. Y así será. Irse, a veces, es quedarse para siempre.


Quede aquí un muy breve recuento, a manera de testimonio, de la historia de La catedral de la bohemia en México, que , sin lugar a dudas, vamos a extrañar más de uno.


Un minuto de aplausos para toda la gente que formó parte de la historia de este lugar.


Rodrigo de la Cadena. Marzo 27, 2014.

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